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Tiempo de hoy 06-02-1984

La bioenergética ¿Qué es?

El ser humano es un complejo y dinámico sistema de energías, procedentes de una única fuerza universal. La respuesta a muchos fenómenos inexplicables y la validez de terapias, como la acupuntura, la laserterapia o la kirliangrafía, empieza a expresarse en términos bioenergéticos.

¿De dónde procede ese halo luminoso que rodea nuestros dedos y que ha sido revelado mediante la denominada técnica fotográfica Kirlian? ¿Cómo la inserción de una fina aguja o la aplicación de luz láser en un determinado punto de nuestro organismo puede suprimir el dolor o tratar ciertas enfermedades? ¿Qué mecanismos se ponen en marcha cuando la exposición a campos magnéticos hace que una fractura de un hueso se consolide en un plazo de tiempo asombrosamente corto?

Estas y muchas otras preguntas están empezando a ser contestadas por nuestro científicos actuales, quienes, cada vez con mayor frecuencia y en mayor número, aluden, como único fundamento, a una palabra: bioenergética. Un término que desde hace algún tiempo ha comenzado a introducirse de manera contundente no sólo en los medios intelectuales y científicos, sino también en el lenguaje cotidiano, y que, muy posiblemente, alcance dimensiones insospechadas en un futuro próximo.

Aunque el diccionario denomina la bioenergética como “una rama de la ciencia bioquímica que se ocupa de las transformaciones energéticas que tienen lugar en los organismos vivos”, lo cierto es que hoy día hacer referencia a este término transciende de una simple explicación química para llegar a convertirse en un término filosófico, casi metafísico. Y es que su fundamento reside en una concepción del hombre y los seres vivos, en última instancia, en su nivel más íntimo, puramente energética y directamente relacionada con la existencia misma del Universo con mayúscula.

Distintas formas de energía circulan y constituyen, al mismo tiempo, los organismos vivos. Pero todas ellas, denominadas bioenergías, no son más que expresiones de una energía única, universal y generadora de todo lo que conocemos. Chinos, hindúes, polinesios y, en general, todas las antiguas tradiciones, sobre todo orientales, han venido afirmando esta idea del hombre como una fuente o pila de energía cargada y en trasvase continuo con la energía universal.

El primer indicio de esta energía surgió de la mano de Einstein, al demostrar la identidad sustancial entre materia y energía y la posibilidad de transformar una en otra. Hoy, la física moderna ha llegado a la conclusión de que todo lo que existe en el Universo, desde un átomo a un planeta, incluido el hombre, está hecho de una misma sustancia, energía, que se manifiesta de infinitas maneras, con infinitos niveles de condensación.

“Es difícil hacerse a la idea –afirma el doctor Livio Vinardi, fundador de biopsicoenergética- que, así como existe energía en todos los órdenes del plano físico (térmica, luminosa, eléctrica, química), también en el hombre existan todas esas modalidades energéticas y muchas otras. Y, sin embargo, ello es vital, porque permite estudiar la cadena ser humano-naturaleza-cosmos de una forma global, a través de ese denominador común que es la energía.”

“Si las investigaciones realizadas en el campo de la microfísica, en los confines del átomo y la materia, señalan que hasta las partículas subatómicas no son más que campos electromagnéticos oscilantes y rítmicos, ¿se puede rechazar de plano que los seres vivos, formados igualmente por moléculas y átomos, no participen de esa naturaleza energética?”, cuestiona.

La búsqueda

Para el doctor Vinardi, ingeniero electrónico, físico y musicólogo, el ser humano desarrolla su potencial energético desde el momento de la concepción a partir de la energía universal. “El hombre, como microcosmos –afirma-, es el reflejo del Universo, el macrocosmos. Todas las teorías filosóficas antiguas hablan de ello: la energía es como un guante que da forma y penetra el cuerpo, manteniendo la cohesión molecular y celular, vitalizándolo.”

Equilibrio bioenergético

Para mantener o recuperar el equilibrio de las energías que nos constituyen dos procesos resultan fundamentales: la alimentación y la respiración. Ellos conforman la fuente cotidiana y directa de obtención de energía. Según la bioenergética, los alimentos no sólo actúan como sustancias nutritivas, sino también como estimulantes que provocan la liberación de energías potenciales. Sin embargo, sólo se admiten los productos vegetales, rechazando los animales. Los alimentos de una comida deben elegirse, preferentemente, de acuerdo a su carga eléctrica. Mezclar los electronegativos –los que forman bulbos, tubérculos y raíces subterráneas o que poseen hojas verdes comestibles- con los electropositivos –los que contienen la semilla dentro de la pulpa- originaría una especie de cortocircuito bioeléctrico, dificultando la digestión y la absorción por la sangre y desequilibrando el sistema bioenergético. Los neutros, que contienen la semilla dentro de la cáscara, pueden acompañar a los anteriores en pequeñas cantidades. El oxígeno obtenido por la respiración aporta energía al bioplasma, sobre todo si el aire contiene una fuerte proporción de iones negativos. Un ambiente contaminado, enrarecido por el humo del tabaco o deficitario en humedad e iones negativos –el aire acondicionado crea estas últimas condiciones- debe ser evitado. El modo de respirar es también muy importante; la respiración no tiene que ser sólo torácica, sino también abdominal; la inspiración debe ser más corta que la espiración.

Ello, unido a técnicas de relajación más o menos periódicas, que minimizan las tensiones emocionales y físicas y combaten el stress –un ambiente tranquilo con música adecuada es igualmente válido-, contribuye a mantener equilibrado nuestro sistema energético. Efectuar el descanso nocturno completo, preferiblemente entre las 20 horas solares y las cuatro de la madrugada, y realizar una actividad física continuada cierran esta lista básica de consejos.

Sin embargo, la pregunta surge: ¿cómo se manifiestan esas bioenergías? ¿Qué datos se poseen acerca de su existencia? Uno de los puntales más reciente lo constituyen las fotografías Kirlian, que reciben su nombre del de sus descubridores, un matrimonio soviético. En ellas aparecen juegos de luces brillantemente coloreadas rodeando el objeto que impresionó la película. Si se trata de objetos inanimados, ese halo luminoso es siempre el mismo. No sucede así cuando la foto fue tomada a alguna parte de un ser vivo, como la hoja de una planta, un dedo, la oreja humano, en cuyo caso, según se ha ido comprobando a lo largo de los cincuenta años de vida que posee la técnica, las emanaciones luminosas en forma de corona varían sensiblemente con el estado de salud física y psíquica.

Para muchos científicos ese aura obtenida no es más que la irradiación eléctrica de la propia piel, al ser estimulada por la carga de alta frecuencia empleada –en el sistema Kirlian no se utiliza cámara fotográfica alguna; basta con poner el objeto directamente sobre una película, en oscuridad, por la que pasa una corriente eléctrica de alta frecuencia-. Para otros, efectivamente, lo que se da es una amplificación de un tipo de energía existente en nuestro organismo y el de los seres vivos, al que los científicos soviéticos que han seguido las investigaciones de los Kirlian han denominado bioplama. La kirliangrafía se utiliza hoy en muchos países como método de diagnóstico de enfermedades –todo depende del color, el tamaño y la forma del halo luminoso-. El médico español José Luis Cidón lleva diez años empleándolo: “Si no fuera cierto que se trata de una manifestación bioenergética –comenta-, ¿cómo explicar el acierto de tantos diagnósticos sin precisar del método convencional o el que las máximas fulguraciones coinciden con puntos de acupuntura?” En este sentido, se podría decir que es la Unión Soviética el país donde mayor énfasis se ha dado para la búsqueda y el esclarecimiento de la existencia de la bioenergía. El doctor Alexander Gurvich, por ejemplo, contribuyó en gran medida a este propósito. El descubrió, en 1923, que las células emiten radiaciones de la gama del ultravioleta, que sirven de base para la comunicación e información entre las mismas. Así, comprobó que células enfermas pueden contagiar a otras sanas mediante esta emisión luminosa. Este suceso ha sido comprobado recientemente por el biofísico alemán Fritz Albert Popp, quien ha llegado a medir, incluso, la intensidad de esta luminiscencia mediante un multiplicador fotoelectrónico, aparato capaz de detectar la presencia de una luciérnaga a diez kilómetros de distancia. En forma de luz visible, infrarroja o ultravioleta, este tipo de energía celular ha supuesto la dedicación de los científicos en su afán de definirla cualitativa y cuantitativamente. A pesar de las lagunas que aún existen, el concepto de enfermedad ya empieza a ser explicado en términos de desequilibrios bioplásmicos o bioenergéticos.

Terapias coincidentes

Un maya preguntaba a otro por su salud: “¿bix a col?” (¿cómo está tu energía?), siendo el cuerpo wuiniclil –de wuinic, ser, y lil, vibración-. Desde los chinos a los hindúes, pasando por egipcios o japoneses, todas las culturas primitivas han considerado la enfermedad como un desarreglo del sistema energético del organismo. La acupuntura, sin ir más lejos, se basa en este principio: las agujas no son más que el medio de regular la corriente energética que transcurre por los llamados meridianos; los puntos donde se aplican constituyen los lugares de entrada y salida de esa energía circulante del organismo y de intercambio con la universal de que procede.

Mediums y curanderos dicen poder apreciar el estado de salud de una persona gracias a su capacidad de observar su aura o de sentir más sus vibraciones. Incluso la imposición de sus manos sobre el paciente ofrece, en muchos casos, resultados curativos inexplicables, en base a una transmisión de energías positivas. EL magnetismo animal, tal como lo denominó el famoso y polémico médico austriaco Antón Mesmer en el siglo XVIII, parece incluir, pues, connotaciones eminentemente bioenergéticas.

Donde ya las cosas empiezan a estar más claras es en dos terapias recientes, la laserterapia y la magnetoterapia. En un caso, la luz emitida por un aparato láser, y, en otro, los campos electromagnéticos, suponen efectos biológicos curativos inexplicables para el científico convencional. “El láser, según sus diferentes tipos –explica el doctor Antonio Alzina, especialista en esta materia-. Es capaz de regenerar tejidos quemados o ulcerados, curar una artritis o procesos reumáticos, suprimir el dolor… y tratar múltiples afecciones.”

“El cómo actúa –prosigue- es lo que se está intentando desvelar. Hasta ahora, todo hace suponer que se trata de un efecto bioenergético. Al fin y al cabo, estamos inyectando una energía al organismo, con la particularidad de tratarse de un tipo de energía monocromática, coherente y, en definitiva, organizada y armónica. Además, las longitudes de onda de las radiaciones empleadas en laserterapia, excluyendo las de los láser de alta potencia empleados como bisturí, coinciden con las que, según las investigaciones más rigurosas, emiten las células vivas sanas (entre 600 y 700 nanómetros). Las enfermas, por el contrario, lo hacen a longitudes de onda inferiores, por lo que suponemos que la energía lasérica sintoniza y armoniza de nuevo los mecanismos celulares energéticos”.

Los más modernos aparatos láser poseen un detector de potencial energético: al aplicarlos sobre la piel perciben aquellos lugares donde la energía ha disminuido o se ha alterado. Lo interesante es que esos puntos coinciden con los señalados por los chinos en los ancestrales textos de acupuntura, y el tratamiento lasérico se efectúa, en muchas ocasiones, sobre ellos.

Otro tanto ocurre con la existencia –de la que hablaron los hindúes hace ya seis mil años- de siete grandes ruedas o torbellinos energéticos a lo largo del sistema nervioso humano. Los chacras, como se denominan, fueron definidos como estructuras espirales encargadas de mantener las transferencias de energía entre el organismo y las energías externas. Funcionan como transductores electromagnéticos y pueden ser activados en cadena, de abajo arriba, mediante técnicas especiales, de las que los yoguis y monjes orientales son conocedores. Desenrollar la serpiente energética completa hasta alcanzar el nivel más elevado –el tercer ojo-, alcanzar el kundalini, supone adquirir el conocimiento supremo, la integración total con el Universo.

Hoy se sabe que el hombre posee un cuerpo electromagnético que emerge de la circulación de las corriente eléctricas a través de la red nerviosa y que los siete chacras se corresponden perfectamente con otras tantas importantes glándulas, situadas jerárquicamente entre la base de la columna vertebral y la glándula pineal, en el centro geométrico del encéfalo.

Si todo es cuestión de energía, ¿para qué ingerir un fármaco, hacerse radiografía o escayolarse si hay tratamiento y diagnósticos que contemplan las leyes bioenergéticas? Y no sólo el concepto de salud física se pone en tela de juicio: las artes marciales, bien entendidas, como el aikido, el kárate y tantas otras; las técnicas de meditación y relajación; el yoga y la psicoterapia bioenergética, para las que el cuerpo es el espejo de las emociones y las energía contenidas, contemplan, a la luz de esa palabra casi sagrada, bioenergética, un nuevo concepto de salud psíquica, un modo de entender la existencia de lo que nos rodea y de nuestro propio ser de un modo más natural, más cósmico y, podría asegurarse, más espiritual.

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Última Actualización: 27/06/2017


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